Me pasé aquel verano de fiesta en fiesta, de trago en trago, persiguiendo chicas de esas que amanecen en la playa con los pechos salpicados de semen y arena y una polla flácida entre las manos. Sufría unas resacas tan espantosas como pasajeras. Cerraba los ojos y veía rostros inquietantes de desconocidos acercarse a mí. Se acercaban poco a poco, hombres y mujeres, de cualquier edad, con una sonrisa sardónica entre los labios. A veces se acercaban tanto que dejaba de verlos. Mi mente acabó por proyectarse por toda la casa. Las pelusas flotaban a sus anchas sobre el parqué y las bolsas de basura se acumulaban bajo el fregadero. Desde que se fueron mis padres -hacía ya más de dos semanas- no había fregado un solo plato. Los apilaba en la bañera, en remojo, con un buen churrete de gel, a la espera de mejor ocasión. Flotaban en el agua tibia a la deriva, como colchonetas en una piscina. Una mañana, al despertar, me llegó desde el baño un olor nauseabundo y decidí terminar con aquello. Apenas quedaba un dedo de margen para que el agua comenzara a rebosar por los bordes. Me arrodillé, metí una mano en el agua y quité el tapón, pero el nivel del agua no descendía. Supuse que el desagüe había atraído como un imán todos los restos blandos y viscosos de comida. Tomé un puñado y saqué la mano llena de gusanos, gusanos pequeños y plateados que brillaban como peces de colores.