21 de febrero de 2008

15 de febrero de 2008

DE ESCRITORES Y ESCRITURAS: LUIS MATEO DÍEZ

"Mantengo una total animadversión a la idea de cuento como territorio propicio para el aprendizaje del escritor, o como ámbito para empeños de menor voltaje, más llevaderos, livianos u ocasionales y banco de pruebas para otras empresas narrativas de mayor cuantía y envergadura."



Luis Mateo Díez

12 de febrero de 2008

DE ESCRITORES Y ESCRITURAS: JOAN RENDÉ

Si aceptáramos la aseveración de Ernesto Sábato que dice que "la prosa es lo diurno y la poesía la noche: se alimenta de nuestros símbolos, es el lenguaje de las tinieblas y de los abismos", si estuviéramos de acuerdo con esta definición, entonces tendríamos que situar el cuento en el preciso centro del atardecer, con toda su belleza efímera y vacilante, pero con toda su rotundidad de conclusiones luminosas, atmosféricas y sentimentales."


Joan Rendé

7 de febrero de 2008

¡ABAJO LOS PARTERRES!


No debería ser así, pero este es mi primer acercamiento a un libro de cuentos de Gonzalo Calcedo. Escribo no debería ser así porque el autor palentino es propietario de una de las prosas más exquisitas que me he llevado estos últimos meses a los ojos.

Por lo que he leído y escuchado aquí y allá es habitual que la crítica stricto sensu entronque a Gonzalo Calcedo con la cuentística norteamericana, en la tradición de Carver, Ford y demás, lo cual, por otra parte, resulta bastante obvio.

Llegados a este punto algún lector avezado se preguntará: ¿Y cómo es posible que alguien con una prosa exquisita limite con Carver y Ford, cuyas armas tienen más que ver con la concisión y la exactitud que con la exquisitez? Para eso tengo mi particular respuesta: Es posible, como dije antes, pero el resultado es dispar. Mientras Carver y Ford practican el extrañamiento cotidiano, la rebelión de los objetos frente a la vulgaridad e insignificancia humanas, la más dura cosificación; Calcedo integra al ser humano en el paisaje de las cosas, el hombre es pues el eje central, digamos que está en un plano ligeramente superior, y los objetos son una prolongación de sus extremidades y un reflejo de sus pulsiones. Carver, por hacer un símil alcohólico, sería whiskie bebido a morro, Ford, whiskie con soda servido en vaso de tubo, y Calcedo, un cubata en vaso ancho, una bebida menos rabiosa, más sociable.
La carga de la brigada ligera es un libro irregular, como lo son la práctica totalidad de los libros de cuentos. Reunir una colección de cuentos magnífica puede llevar a un autor solvente una, si no varias, vidas, así que por ahí poco se puede rascar. Pero, bendito pero, La carga de la brigada ligera esconde, como un tesoro, uno de los cuentos crepusculares, de título homónimo al del libro, más vitalistas que he leído en mi vida, uno de esos cuentos que le hacen a uno asomarse a la ventana en plena noche e inspirar profundamente el aire helado del exterior, un cuento revulsivo, rebelde y optimista, un último estertor de felicidad. Sólo por La carga de la brigada ligera merecería la pena leer este libro, pero ocurre que acompañan a éste otra serie de muy buenos (Todas las Delphis del mundo) y buenos relatos.
En particular, me quedo con los cuentos que afrontan la adolescencia y la decrepitud, quizá porque ahí aparece el Calcedo más intenso o porque como lector me resulta más fácil dejarme contagiar por las pasiones y las tundas que se han ido o están por llegar. Los otros, los que tienen por protagonistas a hombres y mujeres jóvenes o en tránsito hacia la madurez son más apacibles (Sirenas, El villano de la historia y Un banco con sombra), sin que deba entenderse este último comentario como peyorativo.

Gonzalo Calcedo es, en definitiva, un excelente artesano, un escritor noble, convincente, serio, honrado y capaz, esas son las constantes que se transparentan a lo largo de todo el libro; pero cuando se desata su genio puede llegar a ser sublime, y como lector, es preciso estar allí, ojo avizor, agazapado para cuando eso suceda. Porque sucede.

DE ESCRITORES Y ESCRITURAS: AUGUSTO MONTERROSO

"La buena narrativa tiende por lo general a la sátira. En el fondo de todo buen novelista o cuentista hay alguien con un látigo; cuando no es así la gente se aburre."


Augusto Monterroso

3 de febrero de 2008

DE ESCRITORES Y ESCRITURAS: ELOY TIZÓN

"Entre el cuento y la novela hay la misma disparidad de criterios que entre un flechazo que dura una sola noche y un matrimonio de décadas [...]. Los cuentos, se dice, son intensos y las novelas estables."



Eloy Tizón

1 de febrero de 2008

DE ESCRITORES Y ESCRITURAS: MARCEL PROUST

"El estilo no es un adorno, como creen algunos; tampoco es una cuestión de técnica; es -como el color del pintor- una cualidad de la visión, la revelación particular del universo que cada uno ve, y que no ven los demás. El placer que nos da el artista es revelar un universo más."



Marcel Proust

31 de enero de 2008

DE ESCRITORES Y ESCRITURAS: WILLIAM FAULKNER

"Todo novelista quiere escribir poesía, descubre que no puede y a continuación intenta el cuento, y al volver a fracasar, y sólo entonces, se pone a escribir novelas."



William Faulkner

30 de enero de 2008

DADO ROTO

Un viejo colega bloguero y escritor, Iván Humanes, acaba de lanzarse en compañía de Claudia Apablaza a la aventura de editar un revista literaria independiente, lejos de las servidumbres del mercado editorial: Dado Roto, disponible en Internet y en maravilloso papel con tapas blandas. Les deseo a ambos toda la suerte del Cosmos en el empeño, por talento y trabajo no va a quedar. A continuación os copio debajo la carta fundacional de la revista y las motivaciones que han llevado a sus impulsores a tamaño atrevimiento. Os dejo pues con ellos.

Después de algunos meses jugando a tirar los dados en más de uno y tres bares, apostando la vida en ocasiones, en otras tan sólo intentando matar el tiempo, entre lecturas y copas, fueron apareciendo nombres y textos. Algunos autores, incluso, se añadían desde la barra y se sumaban al juego. Es evidente que no pedían a voces la publicación, pero tanto nosotros como ellos éramos conocedores de su destino. Que era, a la vez, nuestro destino también: jugar a literatura, saber qué material arenoso se condensa dentro del dado, revolver las tripas.
Estuvimos sentados en el mismo sitio, meses, sin mirarnos. Años. Lanzar y lanzar. Jugadas ciegas. Romper en silencio. Apostar por éste o aquella. Decir. No mirar. La primera tirada es la tirada de la salida, dijimos. Lo hacíamos sin manuales ni instrucciones de uso. Todos queríamos conseguir el cero (que casi es lo mismo que decir que todo escritor honesto debería tender a conseguir el cero). Hicimos apuestas y sacrificamos. Fue lo más duro, pero sacrificamos. Es un juego, decíamos. Se juega a varias manos, invisibles. Hay jerarquía de posiciones. A pesar de que parece evidente, en nuestras reglas un tres no es igual a un seis ni tampoco igual a un uno. Porque para nosotros a veces un uno es mejor que un seis, y qué decir del cuatro, o del dos, sin ningún añadido, que más de una vez ha sido nuestro número ganador. Pasamos en ocasiones. En otras, apostamos todo por una línea. En la última partida apostamos todo (que ya era poco) por un adjetivo. ¿O fue un pronombre? Eso fue una mañana, cuando ya no había más que apostar. Todos dormían. No concebíamos el motivo que fundamentaba ésos dados poliédricos. Abrimos los ojos, olvidamos las reglas, los bares, las apuestas desenfrenadas, las jerarquías, rompimos los dados y comenzamos.
¿Y qué numero se esconde dentro de nuestro dado? ¿Acaso no es un número? ¿Y si fuese una palabra? La única palabra posible… DADO ROTO nacerá y renacerá cuatrimestralmente, alimentando la Gran Red con textos digitalizados y procurando que el propietario celoso conserve en papel las jugadas. Combinando los textos con las ilustraciones.
Ignoramos las tiradas que vendrán, acaso todo forme parte de una única y exclusiva tirada. En cualquier caso el jugador sabe que lo que importa es cómo comienza el juego, en el tránsito del mismo está el placer. El final no debe calcularse de antemano.
En este primer número, el Colegio ‘Patafísico de Chile, representado en las páginas que vienen por buena parte de sus conjuradores, pintan las caras del dado. Caras, que no está de más decir, no son las habituales. Imaginamos un dado inexistente, con una multiplicidad de variantes que no son infinitas pero sí indefinidas, algún objeto que va más allá que el zocchiedro, dado de 100 caras y emparentado con la esfera. Rogelio Saunders con su poema Vater Pound, en la primera línea de la salida, puede ser ese dado delirado. A partir de ahí el objeto rueda y a veces cae del lado del autor cubano Rolando Sánchez Mejías, otras veces en el de Antonio Tello, o en el de Régis Bonvicino, Margo Glantz, Bruno Montané, Tulio Stella, Roberto Contreras, etc. O en todas las aristas en las que confluyen una forma esencial de hacer literatura, que creemos que es representación del autor total. Desconociendo, sin duda, qué es eso de autor “total”, pero intuyéndolo. Como lugar de recreo especial en cada número seleccionaremos una editorial concreta y real, en este caso el azar ha hecho que Libros del Innombrable, desde Zaragoza, nos regale un hombre elefante y un diccionario Pánico. Animamos la apuesta, abrimos la mano, y esperamos que gauchos y tahúres encuentren en DADO ROTO su lugar común.
De la necesidad de una lectura actual, alejada del comercio, sus rarezas y demás intereses, situada al borde del precipicio, nace DADO ROTO. En nuestra intención, por supuesto, habita la urgente necesidad de fagocitar al otro, absorber éstas y otras lecturas; y como criaturas del abismo, acudimos impetuosos hacia ellas. Más que quiénes somos, podríamos responder a la pregunta de por qué somos, pero sería más complicado. Esas preguntas pertenecen a la categoría de la no-respuesta. Así que mejor es no decir nada. ¿Callarse? Por el momento, y sin que sirva de descripción exacta diremos que tras DADO ROTO se esconden Iván Humanes (Barcelona, 1976) y Claudia Apablaza (Rancagua, Chile, 1978).

29 de enero de 2008

22 DOGMAS EN TORNO AL CUENTO BREVE (ya sé que los he puesto varias veces, pero no puedo resistirme a recordarlos)

1.- Prohibido escribir historias basadas en hechos reales.
2.- La verosimilitud de un cuento no deberá apoyarse en su supuesta “semejanza” con la realidad, sino en la coherencia interna – discursiva y/o estructural- del texto.(Declaramos pieza de museo la narración figurativa. Escupimos sobre la tumba del realismo.)
3.- Prohibido alterar la secuencia cronológica del argumento con el fin de reforzar su interés.
4.- Prohibido dotar a la historia de un atractivo pueril, que dependa del escamoteo o la dosificación “estratégica” de información.
5.- Prohibidos los finales sorpresivos. Los finales felices. Los finales trágicos. Los finales demasiado concluyentes.
6.- Terminantemente prohibida cualquier historia apuntalada sobre una trama policial.
7.- El enunciador del texto –narrador o personaje- manifestará siempre su distancia (mediante la ironía, la incertidumbre, la intromisión reflexiva o de cualquier otra manera) con respecto a los hechos que narra.
8.- El cuento deberá mostrar su carácter de representación discursiva. La escritura habrá de tener intensidad, volumen, desfallecimientos, grietas. El cuento no debe querer decir algo. Debe querer decir.
9.- Prohibido escribir como habría escrito Carver, si hubiera sido idiota.
10.- Prohibido escribir de una manera “cinematográfica”.
11.- Prohibido escribir de lo que no se conoce. Prohibido escribir de lo que se conoce.
12.- La escritura de un cuento deberá transparentar sus influencias.
13.- Prohibida la “inocencia” (moral, política, histórica, estética, etc.)
14.- Prohibida la melancolía.
15.- Prohibidos los relatos protagonizados por “víctimas” (mendigos, vagabundos, oficinistas aburridos, amas de casa frustradas, presuntos niños del tercer mundo, putas de buen corazón…)
16.- Prohibido el casticismo. Prohibido el tono solemne.
17.- Prohibida la estereoscopía.
18.- Prohibido escribir bajo los efectos del alcohol o las drogas (Prohibido supeditar la ebriedad y el trance a algo distinto del propio acto de escribir.)
19.- Prohibido escribir un cuento cuando el autor ya conozca de antemano el final. Prohibida la premeditación. El relato es la huella que deja una deriva.
20.- El cuento deberá sustraerse a cualquier utilidad (didáctica, doctrinal, comercial, de entretenimiento, etc.)
21.- Prohibidos los cuentos de género (terror, romántico, viajes…) Prohibidos los cuentos ingeniosos.
22.- Prohibido escribir cuentos cuyo argumento pueda contarse fácilmente.


Tomado de la página web del Colectivo de Escritura, Creación e Intervención Surrealista La llave de los Campos.

DE ESCRITORES Y ESCRITURAS: GUSTAVE FLAUBERT

"Hay que examinar todas las palabras, bajo todos los lados, y hacer uso de ellas como los padres espartanos: arrojar implacablemente a la nada las que tiene el pie cojo o el pecho estrecho."



Gustave Flaubert

28 de enero de 2008

DE ESCRITORES Y ESCRITURAS: RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN

La literatura no es un oficio, es una enfermedad; uno no escribe para ganar dinero o caer bien a la gente, sino porque intenta curarse, porque está infectado, porque lo ha ganado la tristeza.


Ricardo Menéndez Salmón

27 de enero de 2008

DE ESCRITORES Y ESCRITURAS: JULIO CORTÁZAR

"Si yo soy el que decide, casi siempre es hacia atrás [...]. Me apasiona el hoy, pero siempre desde el ayer [...], y es así como a mi edad el pasado se vuelve presente y el presente es un extraño y confuso futuro."


Julio Cortázar

26 de enero de 2008

DE ESCRITORES Y ESCRITURAS: RAYMOND CARVER

"Es posible escribir un diálogo aparentemente inocuo que, sin embargo, provoque un escalofrío en la espina dorsal del lector, como bien demuestran las delicias debidas a Nabokov."


Raymond Carver

25 de enero de 2008

DE ESCRITORES Y ESCRITURAS: LUIS LANDERO

"El hombre es sobre todo un animal narrativo. Al fin y al cabo, nos pasamos la vida contando historias: es decir, contando lo que nos pasó ayer, lo que esperamos hacer mañana, lo que hemos pensado, imaginado o soñado, contando lo que alguien nos contó, o recordando, que es también una forma de contar."

Luis Landero

24 de enero de 2008

DE ESCRITORES Y ESCRITURAS: BUKOWSKI

“Escribir te empuja a espacios aéreos, te convierte en un extraño, en un inadaptado. No es raro que Hemingway se volara los sesos por encima del zumo de naranja. No es raro que Hart Crane se tirase a la hélice, no es raro que Chatterton se tomara un matarratas. Los únicos que continuaban eran los que escribían best sellers, y esos no estaban escribiendo, ésos ya estaban muertos”.

Charles Bukowski

17 de enero de 2008

PORVENIR, de Iban Zaldua


El porvenir es la época en que nuestros asuntos prosperan, nuestros amigos son leales y nuestra felicidad está asegurada.

Ambrose Bierce

Porvenir es la traducción al español, del puño y letra del propio autor, de Etorkizuna, la colección de relatos que obtuvo el premio Euskadi de Literatura 2006 y una de las mejores colecciones de relatos que ha leído quien esto escribe en los últimos tiempos.

Si la cuentística fuera una carrera, que no lo es, Zaldua sería el rey de la regularidad, un fondista magro de piernas fibrosas que sigue un ritmo sostenido y jamás abandona, porque, al menos en esta antología, el autor guipuzcoano (aunque afincado en Vitoria) ha logrado un conjunto de cuentos (dieciséis) compacto y homogéneo de calidad.

¿Pero si en Porvenir conviven cuentos realistas y fantásticos? Dirá cualquiera que haya leído el libro. Pues sí, es cierto, pero eso no es óbice para la solidez y la homogeneidad antes expuestas, porque los cuentos de Zaldua tratan sobre el hombre actual (y algunos incluso sobre la mujer actual, que Porvenir no es ningún txoko) y hablan entre líneas (bajo el ya célebre iceberg de Hemingway) de sus miedos, carencias, resentimientos y contradicciones y, por tanto, da lo mismo que lo mismo da que eso ocurra en la realidad, en la ficción científica, la Ciencia-ficción o el más neto fantástico.

El peso asfixiante de la sociedad y la tradición vasca sobre sus individuos y la existencia de ETA están en el trasfondo de la mayoría de los cuentos, pero, aunque la preocupación del autor por su entorno es clara y manifiesta, eso no se traduce en costumbrismo. Los cuentos de Zaldua son, por el contrario, rabiosamente contemporáneos, de ahora mismo o de dentro de un rato, y al mismo tiempo pueden considerarse universales, porque no hay nada más universal que lo que acontece, y aquí no importa el lugar, a los hombres (sí, vale, y también a las mujeres, y a las parejas, y a la familia política, incluida la suegra).

Eso sí, si buscan grandilocuencias, aspavientos y soluciones a sus problemas busquen en otra parte (en Coelho o Bucay, por ejemplo, en esos grandes literatos), porque Zaldua no ofrece recetas ni panáceas para superar el tedio, la soledad y la falta de horizontes de nuestros días. Él se limita, como hacen los científicos (no en vano es profesor de Economía), a contemplarnos bajo la lupa de su microscopio. Y lo hace con ironía las más de la veces, pero también con sorna (pura sorna vasca) o incluso con retranca. Y yo, leyendo Porvenir, hasta he llegado a pensar que a veces hasta se descojona un poco, por lo bajito y con cariño, eso sí.

El único pero que le puedo poner al libro (y aquí cuelgo el pijama de lector y me pongo el traje de buzo de profesor de escritura) es que a veces, episódicamente, algunas transiciones de lo real a lo fantástico resultan quizá un poco abruptas, pero eso no me parece suficiente motivo para que se resienta el pacto ficcional entre el lector y el escritor. Toma ya. De aquí, directo al Bobelia.

Eskerrik asko, pues, Iban.

14 de enero de 2008

GRITAR, de Ricardo Menéndez Salmón

“Somos procreados, pero no educados, con todo su embrutecimiento, nuestros procreadores, después de habernos procreado, actúan contra nosotros, con toda la torpeza destructora del ser humano, y lo arruinan todo, ya en los tres primeros años de su vida, en ese nuevo ser, del que no saben nada, sólo, si es que lo saben, que lo han hecho aturdida e irresponsablemente, y no saben que, con ello, han cometido el mayor de los crímenes.”
Fragmento de El origen, de Thomas Bernhard.

Se ha escrito ya mucho en la blogosfera sobre Gritar, el último libro de relatos de Ricardo Menéndez Salmón, así que yo, sin desmerecer el resto de los relatos (excelentes y vitales, por ejemplo, La vida en llamas y A nuestros amores) voy a centrarme exclusivamente en el cuento que da título a la colección.

Para mí Gritar, el relato, es una lectura imprescindible en tanto paradigma del cuento contemporáneo, porque cada palabra, cada oración, está impregnada por el deseo humano y ancestral de volver a ser libres, de liberarnos de la rémora educativa y social que nos tiene encadenados a la vetusta pared de NO SER o de SER OTROS (reflejos falaces del YO).

En un sentido lacaniano, y dicho de una manera un tanto burda y esquemática, el ARTE es la persecución, la búsqueda de a, entiéndase a como la parte animal, original, a la que nuestros padres, como hicieron con ellos los suyos (y así sucesivamente hasta remontarnos al principio de estos tiempos sombríos) nos obligaron a renunciar desde nuestra llegada al mundo.

Esa mutilación, que comienza a producirse desde el momento en que nos imponen el lenguaje (ese inocente, pero letal di papá) y somos instruidos en las convenciones y los códigos de conducta necesarios para vivir en sociedad, para ser individuos productivos; esa parte que se queda fuera de nosotros a tan temprana edad es una pérdida irreparable, un miembro extirpado que presumiblemente nunca volverá a encontrarse con su muñón.

Pero ocurre que a veces, muy pocas, el miembro y su muñón se reencuentran, por un momento ensamblan, y, como consecuencia, el resultado no puede ser otro que el goce, la plenitud, la compleción. Eso es exactamente, creo yo, lo que sucede en Gritar, que Balboa, el protagonista, se reencuentra con aquel bebé que un buen día, porque sí, porque esa era SU NATURALEZA, comenzó a gritar para reconocer su propia voz; que el hombre, en definitiva, en un arranque de desmesura le da un mordisco a la vida. Eso es GRITAR. Y eso es infrecuente en la literatura. Y ahí reside el valor, la resonancia simbólica de este cuento escrito, pero sobre todo concebido, en estado de gracia.



8 de enero de 2008

SIGO VIVO

Hola a todos, si es que alguien sigue ahí. La vida al otro lado de esta bitácora es muy absorbente y tengo poco o ningún tiempo para atender Relataduras, pero de tanto en cuando seguiré pasándome por aquí para ofreceros alguna novedad (por cierto, Norteamérica Profunda ya tiene cubierta, pero no os la mostraré hasta que se presente el libro, allá por febrero o marzo, espero). En esta reaparición, voy a colgar el último relato que he escrito (arriba), pero os advierto que permanecerá en la página apenas dos o tres días (ya sabéis cómo se las gastan los burócratas con la calidad de inéditos de los textos). Así que, si os apetece leerlo, no os demoréis mucho.

Un fuerte abrazo.

29 de noviembre de 2007

Matías Candeira gana el Premio 'Provincia de Guadalajara' de Narrativa 2007

El escritor (y Parabólico) madrileño Matías Candeira de Andrés ha ganado el Premio Provincia de Guadalajara de Narrativa 2007, con la obra 'La soledad de los ventrílocuos', presentada bajo el seudónimo "Maurizicio di Mauro". El premio, convocado por la Diputación Provincial de Guadalajara, está dotado con 9.000 euros. El jurado, formado por Antonio Pérez Henares, Almudena Arteaga del Alcázar, Ángeles Caso Machicado y Antonio Gómez Rufo, eligió la obra ganadora por unanimidad. En esta edición se han presentado 60 obras.

22 de noviembre de 2007

DOS BUENOS ESCRITORES QUE PRESENTAN LIBRO: ALFONSO FERNÁNDEZ BURGOS E IBAN ZALDUA

















Mañana viernes, día 23 de noviembre, los escritores Manuel Talens e Ignacio Ferrando presentarán en Madrid la novela Skins, de Alfonso Fernández Burgos. El acto tendrá lugar a las 19:00 horas en la Nueva Librería Fuentetaja, en el número 35 de la calle San Bernardo.

Por otra parte, la editorial Lengua de Trapo tiene el placer de invitaros este viernes 23 de noviembre a las 19.30 horas a la presentación de Porvenir, el último libro de cuentos del escritor vasco Iban Zaldua, en Hotel Kafka (Hortaleza, 104). Presenta Rafael Reig.

14 de noviembre de 2007

PRIMER PREMIO DE RELATO MÍNIMO DIOMEDEA

Bases del I Premio de Relato mínimo Diomedea:

1. Queda abierta la convocatoria para el I Premio de Relato mínimo Diomedea, al que pueden optar todos aquellos relatos que presenten autores o autoras de cualquier país. Cada autor o autora podrá presentar hasta un máximo de tres relatos a concurso por cada convocatoria.

2. Los relatos deberán ser originales, inéditos y en castellano, y no estarán sujetos a ningún compromiso de publicación ―tradicional o virtual― o de derechos con terceros. Cualquier responsabilidad derivada del incumplimiento de este punto recaerá exclusivamente sobre el autor o autora del relato.

3. La extensión de los trabajos no superará las doscientas palabras, o los mil caracteres ―excluyendo espacios―, ni será inferior a cien palabras, o quinientos caracteres. El nombre del autor o autora y el título (en ningún caso superior a cuarenta caracteres) del relato no se incluyen en ese cómputo.

4. Los relatos sólo podrán presentarse a concurso a través de un mensaje a minimosdiomedea@yahoo.es escribiendo siempre en el asunto del mensaje: «Para el I Premio de Relato mínimo Diomedea». El título y el texto del relato podrán ir en el cuerpo del mensaje ―debidamente indicados― o como archivo adjunto de Word ―recomendado―. En el cuerpo del mensaje deberá constar el nombre y apellido real del autor o autora y la localidad en la que reside. Bajo ningún concepto se hará pública su dirección de correo-e. Si el autor o autora presenta más de un relato a concurso, deberá enviar un mensaje de correo-e distinto por cada trabajo ―hasta un máximo de tres por convocatoria―.

5. El plazo para la recepción de relatos expirará a las 14:00 horas (en zona GMT +1:00) del próximo lunes 10 de diciembre de 2007. Todos los relatos que lleguen a la dirección facilitada pasado ese plazo pasarán de manera automática a participar en el II Premio de Relato mínimo Diomedea.

6. El jurado estará asesorado por escritores de prestigio y profesores de diversos talleres de escritura creativa, y su fallo ―inapelable― se dará a conocer a las 14.00 horas (en zona GMT +1:00) del viernes 14 de diciembre de 2007, mediante una entrada en esta misma bitácora, en la que aparecerá publicado el relato ganador, el nombre de su autor o autora, la localidad y el país en la que resida, junto con un enlace a su página web o bitácora, si dispone de ella. También aparecerán publicados, en los mismos términos, los dos relatos finalistas. En ningún caso se hará pública ninguna dirección de correo-e.

7. El premio para el autor o autora del relato ganador consistirá en un lote de dos libros de relatos: Mujer con perro sobre fondo blanco, de Alfonso Fernández Burgos, y la antología Parábola de los talentos, publicados por Gens ediciones (Madrid). El método de envío o recogida del premio se convendrá con el autor o autora.

8. Si el ganador o ganadora dispone de página web o bitácora, hará constar en ella su galardón, en una entrada o con un banner ―que le será facilitado por el administrador―, pero siempre con un enlace a la entrada de esta bitácora en la que se haya publicado su relato, y en el que figure el texto: «I Premio de Relato mínimo Diomedea».

9. Al final de la primera temporada, una vez fallado el XII Premio de Relato mínimo Diomedea ―diciembre de 2008―, se considerará la posibilidad de publicación de los doce relatos ganadores y una selección de los veinticuatro finalistas, en una antología editada y supervisada por un sello editorial.

10. La participación en este concurso supone la plena aceptación de sus bases.

Los detalles podéis consultarlos en la bitácora de Sergi Bellver:

http://alasdealbatros.blogspot.com/

3 de octubre de 2007

1. RELATOS DE AYER Y ANTEAYER: JUNTOS

A principios de la primavera de 1981, Raymond Carver y Samuel Beckett se encerraron un fin de semana en una vieja casona a las afueras de Tulsa (Oklahoma) para escribir un relato. Carver tenía entonces 42 años y acababa de publicar “De qué hablamos cuando hablamos de amor”. Beckett estaba a punto de cumplir 75, pero de alguna manera seguía esperando a Godot. Habían mantenido correspondencia sobre la naturaleza del absurdo pero no se conocían personalmente, si bien trabaron cierta amistad. “No hay nada de absurdo en que dos hombres con tan poco talento para la felicidad sean amigos”, llegó a decir Carver poco antes de morir. David Graham, el granjero que les arrendó la casona, recuerda a la perfección aquellos días: “Eran hombres realmente extraños. Cada mañana les dejaba en la puerta un par de botellas de bourbon, huevos duros y unos sándwiches fríos de pollo, y al atardecer volvía para recoger la basura y les llevaba un termo de café. No me permitían la entrada. No sé por qué diablos decidieron alquilar aquella casona. Estaba oculta entre los maizales, su mobiliario era austero, no había agua corriente, ni luz. Solíamos usarla en invierno como almacén. Una tarde eché un vistazo por la ventana. Estaban sentados sobre taburetes, cara a la pared, fumando bajo la luz pálida de un candil. No conversaban, ni escribían, ni nada. Sólo daban largas caladas a sus cigarrillos y dejaban caer las cenizas al suelo”.

Este es el resultado de aquel encuentro.

JUNTOS

Susan y George retozan sobre la cama de agua en su apartamento mientras las seis de la tarde titubean rojas en el radio-reloj-despertador. Él se sienta a horcajadas sobre el vientre de Susan y aprisiona con sus manos las de ella contra la almohada.

—No me gustas nada, Susi. Vamos, ni un poquito, pero me encantan ese aliento tuyo matinal que huele a floristería de Bombay, tus cabellos de musgo y tu piel hecha medusa.

—Tu tampoco me gustas a mí, cariño. Cada día que pasa te noto más musculoso. Un día de estos tus tríceps van a reventar como globos de helio. A veces siento que me he casado con una plancha de acero inoxidable. Debe de ser que te estás haciendo joven. Si hasta te están brotando pelos negros entre las canas y se te caen los de la nariz y las orejas —Susan intenta soltarse, pero la presión que ejercen las manos de George es demasiado fuerte—. Anda, no me sueltes nunca, haz el favor. Me encanta que me oprimas.

—Si me dices un piropo, no te soltaré jamás.

—Georgie, amorcito, eres realmente despreciable.

George besa los labios de Susan, que mira despreocupada la hora en el radio-reloj-despertador, y sonríe con los ojos cerrados. Luego la libera las manos, hace una reverencia circense y se precipita en calzoncillos hacia el cuarto de baño.

—Cariño —gruñe Susan desperezándose—. Creo que no me apetece que me traigas el desayuno a la cama.

—No te preocupes, pero es una lástima, un verdadero contratiempo. Me apetecía tanto. —responde Georges con la boca llena de pasta dentífrica.

Susan se ciñe a la cintura un batín de seda roja y levanta enérgica la persiana, que chirría como el frenazo de un coche. Hace tiempo que Georges no engrasa el eje con manteca y además la correa necesita más tensión. Tras la ventana la lluvia cae con valentía y desparpajo sobre el patio. Suena traviesa, a niño pobre que agita una caja de chinchetas, luego se expande, ondula y acaba deslizándose por el tobogán del desagüe.

—¡Hace un día precioso! —exclama Susan—. Deberíamos quedarnos en casa, ¿por qué no telefoneas a los Harrington y les dices que no nos apetece quedar con ellos? Luego podríamos no ir a cenar a casa de mamá. Me apetece tanto.

—Me encantaría, preciosa —grita Georges desde la cocina mientras voltea una tostada pringosa sobre una sartén—. Pero ahora mismo no estoy ocupado.

—En ese caso, no seré yo quién les llame.

Susan alcanza el teléfono que está sobre la mesilla y marca.

—Adiós, Lucille. ¿Qué tal te encuentras? Muy mal… me alegro tanto. Entonces ¿cómo lo hacemos? A cualquier hora menos a las ocho. Totalmente en desacuerdo. Hola.

Cuelga un segundo, descuelga y vuelve a marcar.

—Hasta luego, mamá. Sólo llamaba para recordarte que hoy no iremos a cenar. ¿Qué no has preparado nada? No importa, ya nos arreglaremos. Entonces Bill, Marcia y los gemelos no pueden venir. George se alegrará mucho, mamá. Le encanta que los pequeños le lancen patadas a las espinillas mientras sorben la sopa. Buenos días, mamá. Tengo que colgar. No, no hace falta que le des recuerdos a papá.

Georges cruza la puerta del dormitorio con una bandeja entre las manos mientras silba el estribillo de Moon River. Trae café, una fuente llena de tostadas crujientes y zumo de naranja recién exprimido.

—Café y tostadas, ¡qué asco! —dice Susan conteniendo una arcada.

—Las he hecho como a ti te gustan, amor, quemadas y sin mantequilla. El zumo es de limón, el mismo que sobró de antes de ayer. Ya me conoces, todo me parece poco para mi abominable mujercita —dice tras lanzar al aire una pedorreta.

—Que detalle tan poco romántico, Georgie. No sé qué haría contigo.

—Probablemente, morirte de pena.

George y Susan salen del portal. A sus espaldas se cierran las puertas del ascensor. El portero se tapa las narices y les desea que tengan un mal día señalando con el pulgar hacia abajo. George lleva puesto el mismo traje gris marengo que el día de su boda, aunque ha cambiado la corbata marfil por una verde estampada de torbellinos grises. Susan lleva los labios de un rojo intenso y un vaporoso traje beige recién planchado que le viene algo pequeño y aún lleva colgando la etiqueta. Caminan despacio del brazo bajo el mismo paraguas obsequio de una promoción de loca-cola, sorteando los charcos que pueblan la avenida, y de cuando en cuando se paran un instante a mirar los banderines negros de plástico, las luces fundidas y las heces de caballo que engalanan las calles. Al fondo, una vieja andrajosa empuja con dificultad un carrito lleno de trapos raídos y periódicos sepia. El pelo le chorrea y le cae sobre los ojos como un rastrillo sucio. No es una mujer fea, incluso es posible que en su juventud la rondaran pretendientes, pero ahora su cara es un mapa de sabañones, purulencias y capilares enrojecidos. George aviva el paso hasta alcanzarla y le ofrece un dólar de plata.

—No se moleste, querido imbécil —dice amable la vieja—. No necesito nada ni de usted ni de nadie

—Tampoco pensaba dárselo —contesta George guardando la moneda en un bolsillo—. Pero permítame decirle, en confianza, que es usted una de las mujeres más guapas que he visto en mi vida. ¿Nunca le han dicho que es clavadita a Marilyn?

—Sí, todos los días. Tres o cuatro veces. Con el tiempo una acaba acostumbrándose a que los hombres le digan esa clase de memeces.

Susan ríe a carcajadas. Ha dejado de llover y pliega con mimo el paraguas de loca-cola.

—¿Puedo comprarle uno de sus periódicos? —insiste George—. Supongo que serán de hoy.

—No, son de mañana —replica la vieja—. Pero en cualquier caso no están en venta.

—Entonces, deme uno. ¿Cuánto es?

—Nada.

La vieja le entrega un periódico a cambio del dólar y George arroja el diario dentro de una papelera herrumbrosa, por cuyos bordes amarillos resbalan gotas menudas de lluvia.

—Es el mejor lugar para las páginas de cultura, señora. No se lo tome como algo personal —se justifica mientras la vieja tose a discreción y escupe sangre dentro de la papelera.

George nota que algo golpea su abdomen. Es un codo de Susan. Acaba de ver a los Harrington en Columbus Circle. Más bien acaba de ver la silueta embarazada de Lucille bajo una marquesina, porque Anthony está tan delgado y calvo, que visto a lo lejos parece una piruleta mustia. Susan y George se acercan aprisa a los Harrington, y los cuatro cambian adioses y cumplidos.

—Estás radiante, Lucille. El embarazo te sienta de maravilla —dice Susan haciendo aspavientos con el paraguas de loca-cola.

Lucille frunce sus hocicos de pekinesa y George susurra algo al oído de Susan. Pero Susan no dice nada, sólo se encoge de hombros.

—Susan, querida. Ese conjunto que llevas es nuevo ¿verdad? —advierte Lucille sonriente—. Pues te queda que ni pintado, como una segunda piel.

Susan se estira la falda, pero le queda tan ajustada que la tela vuelve a la posición de partida como un muelle.

—Sí, me lo compré ayer en Versace. Lo acababan de traer de París. Mira, le acabo de quitar el sello que venía pegado en la etiqueta.

—¿De París, Tejas o de París, París?

—De París, Zimbabwe. Ahora es el centro mundial de la moda. ¿Cuánto hace que se os ha averiado el televisor, querida? ¿Acaso han despedido a Anthony del taller? Ya sabes que podéis contar con nosotros para lo que sea.

—Basta ya de charla trascendente, chicas —tercia Georges—. ¿Qué os parece si nos tomamos un café?

—Lo cierto es que nos apetece mucho a los dos, —dice Anthony— ¿verdad, cariño? —Lucille asiente—. Pero es imposible. Hemos quedado en no cenar en casa de mi hermano Sam. Ha sido muy repentino. Pensábamos llamaros, pero hemos supuesto que aún no os habríais arreglado para salir.

—No te preocupes, Anthony. Nosotros tampoco tenemos que ir a cenar a casa de mi suegra.

—En ese caso, hola —Anthony ofrece su mano a George, que la estrecha con fuerza, mientras Lucille y Susan se besan y se deshacen en halagos.

Los Harrington cruzan Columbus Circle y se pierden calle abajo. Anthony trata de rodear con un brazo la cintura embarazada de su esposa, pero no puede abarcarla y vuelve un segundo la cabeza. Georges y Susan aún permanecen bajo la marquesina. Un taxi vacío se acerca a ellos y salpica de agua la acera. Georges levanta una pierna para que se detenga, y el taxista, un tipo manco y corpulento, para dando un frenazo, le cede su asiento y monta detrás junto a Susan.

—Este trabajo es francamente agotador, pero no acepto propinas —dice a la vez que pasa su brazo amputado sobre los hombros de Susan, mientras George tuerce el volante y el taxi se adentra en la 62 bajo una hilera de banderines negros y luces fundidas.


Susan toca el timbre y su madre, en camisón, abre la puerta soñolienta. Es una mujer gruesa, de rasgos amables, esa madre tierna y eficiente teñida de rubio que todo el mundo cree tener.

—Lavaos aprisa las manos y pasad al comedor, queridos. Papá, Bill, Marcia y los gemelos os esperan impacientes —dice entre bostezos antes de perderse en el pasillo camino de su dormitorio.

Susan y Georges entran en el salón con el paraguas de Loca-cola abierto. Las lámparas auxiliares están encendidas y todos duermen plácidamente. Papá lo hace en su butaca de lectura, bajo el reloj de pared recuerdo de Florencia. Bill, Marcia y los pequeños ronronean sobre la alfombra persa tapados con cojines blancos que parecen nubes. Se descalzan, se hacen un sitio entre los niños y se quedan dormidos uno en brazos del otro bajo el paraguas. Horas después Susan se despierta sobresaltada y susurra al oído de Georges que le quiere. Georges le da un beso con los ojos cerrados que sabe a sueño. Luego abre los ojos lentamente, pliega el paraguas y busca de reojo la hora en el reloj de pared.

RELATOS DE AYER Y ANTEAYER

Inicio hoy una serie personal, Relatos de ayer y anteayer, que incluye relatos que escribí hace algunos años, cuando era aún más aprendiz. Son cuentos que no presentaría a ningún concurso ni pelearía por colarlos en una antología, pero que tienen un punto de frescura y osadía que a veces hoy echo de menos en mi escritura: una frivolité. Pues eso. Que os sea leve.

19 de septiembre de 2007

El programa de La Parábola ya está en la página de Juan Jacinto Muñoz Rengel

Pues eso. Que quienes tenéis aún interés en escuchar el programa podéis hacerlo con sólo pulsar el título de este post, y luego, ya en la web del escritor Juan Jacinto Muñoz Rengel, hacer clic sobre el programa en cuestión.

8 de septiembre de 2007

"PARÁBOLA DE LOS TALENTOS" EN RADIO 5

Emisora: Radio 5 (dial 657 AM, en Madrid. En otras poblaciones será otro).
Programa: LITERATURA EN BREVE, dirigido por el escritor Juan Jacinto Muñoz Rengel.
Día: Miércoles, 12 de septiembre.
Hora: 17.35

6 de septiembre de 2007

Mis veinticinco películas favoritas

Me invita Nicho a enumerar mis veinticinco películas preferidas, y así, a vuelapluma, me sale este recorrido, más que nada sentimental y nostálgico:


Desayuno con diamantes
Qué verde era mi valle
Esta tierra es mía
Testigo de cargo
La noche del cazador
Centauros del desierto
Los viajes de Sullivan
Qué bello es vivir
Caballero sin espada
Vive cómo quieras
La muerte en vacaciones
Ninotchka
To be or not to be
Sin novedad en el frente
Espartaco
Pulp Fiction
Alien
La parada de los monstruos
El increíble hombre menguante
El hombre con Rayos X en los ojos
El péndulo de la muerte
Ultimátum a la tierra
Calabuig
Amanece que no es poco
Surcos

LITERATURA EN BREVE EN RADIO 5

Un espacio literario, ideado y conducido por el escritor Juan Jacinto Muñoz Rengel, que merece mucho la pena. Si pulsas en el título de este post podrás leer la noticia completa en el diario El Mundo.

25 de julio de 2007

EL TERROR DEL CARIBE (como es verano, toca reposición)

Justo cuando descubrí las respuestas,
cambiaron todas las preguntas
(Placa en un café de la ciudad de Ger)


—Fernando, son tus amigos —dice mi madre desde el otro lado de la puerta del baño—¿Qué les digo?
—Diles que ahora voy, mamá, que me esperen abajo.
Cuando me siento en el váter con el Iter Sopena abierto sobre las rodillas aparecen como por arte de magia: Abel, Berna, Cachula, David y Lupas viven en mi portal, en una casa de cinco plantas con la fachada de ladrillo rojo. Lupas es hijo único y por eso no tiene que compartir sus coches con nadie. Abel y Berna son hermanos, igual que Cachula y David. Yo también tengo un hermano, Gaspar, pero todavía es muy pequeño. Se le caen los mocos y no sabe pronunciar la erre. En vez de perro dice pero.
—Quieren saber si vas a tardar mucho.
—En cuanto me limpie, bajo, pero eso no se lo digas. Ni les digas que estoy indispuesto o que entré en el servicio con el diccionario, que luego hay pitorreo. Tú diles sólo que no. Mejor, no les digas nada: Ya voy.
Tiro de la cadena, descorro el pestillo y abro la puerta. Mamá me espera en el pasillo con un jersey de rombos sujeto bajo un brazo. Con el otro me quita el Iter de entre las manos. No le gusta que me pase el día leyéndolo. Eso no puede ser sano, suele decir. Suele decir muchas otras cosas: que si sigo comiendo tantos dulces se me van a juntar las mantecas, que no se me ocurra volver a secarme las manos con las cortinas y que a veces no valgo ni los dolores que le costó parirme. Hay días en que no para de reñirme. Papá dice que parece que haya comido lengua de sapo y me guiña después un ojo sin que ella le vea.

—Y Gaspar… ¿no vas a llevarle contigo?
—No, tenemos que cruzar la carretera.
—Date prisa entonces, que ahora está entretenido mirando los dibujos. Espera, llévate el jersey por si refresca. Átatelo a la cintura.
—Pero si estamos en julio…
—Qué julio ni julio. No seas protestón. Obedece.
—Mamá…
—¿Qué?
—¿Me das algo para el futbolín?
—Ni lo sueñes.
Bajo aprisa las escaleras resbalando una mano por la barandilla, pero me cierra el paso un lapo amarillo que consigo esquivar de pura chiripa. La babosa de Cachula. Ha sido él. Estoy seguro. Es el único que sabe sacarse los escupitajos de los bronquios. Hace un ruido muy raro, como de viejo, y luego le sale todo eso por la boca. Sigo bajando. Derrapo al pisar el rellano. Como el último tramo de escaleras es muy corto lo salto con los pies juntos. Están sentados los cinco y ocupan todo el escalón de entrada al portal. Aunque miren hacia otra parte saben que estoy detrás. Mi intención es abrir la puerta de golpe y saltar por encima de sus cabezas, pero en cuanto oyen el muelle salen pitando los muy gallinas. Menos Cachula. El casi ni se mueve. Da un solo paso y se sienta en el capó de un 850 gris que está aparcado enfrente.
—Gordo, mueve el culo —me chilla—. Se nos hace tarde.
No siempre me dice gordo. A veces me llama gorda o To, por tocino, o simplemente Fer, cuando pregunta a mamá por mí o necesita que le eche una mano con los dictados. Es un año mayor que yo y feo y flaco como un zombi. Tiene los ojos de un azul simplón, saltones, muy salidos, como si se los hubieran sacado aposta dándole martillazos en la nuca, y unos orejones colorados que recuerdan a las puertas abiertas de un 124. Es también un tío con agallas y al decir esto no estoy hablando otra vez de sus orejas. En los lavabos del cole, antes de un examen de mates, se da puñetazos en la nariz hasta que le sale sangre para que lo manden de vuelta a casa. Yo lo he visto con estos ojitos. A veces sangra tanto que su cara parece una bandera de Japón. Está claro que no es ninguna lumbrera —creo que se dice así—. Necesitaría toda la Edad Media para hacer una suma de quebrados. Pero cuando me mira con esas canicas azules, como está haciendo en este momento, me pone muy nervioso. Casi me da miedo.
—¿A qué vienen tantas prisas? —le pregunto.
—Hemos quedado en ir al Terror del Caribe y como no salgamos ya, se nos va a adelantar la banda del Piojo —aclara. La verdad, no sé por qué casi me da miedo. Tampoco es para tanto. Le está saliendo una nube de pelusa encima del labio y si no llevara puestos esos pantalones cortos recordaría a Pierre Nodoyuna, aunque no podría ponerse el casco… Las orejas no le cabrían dentro.
Echamos a correr por la acera. Como soy muy lento me cuesta mucho seguir la marcha de los demás. Además a cada poco el dichoso jersey se me suelta y a la vez que corro tengo que atarme las mangas a la cintura. Es un fastidio. Para no quedarme atrás tan pronto pregunto a Lupas por su padre. Se pone a mi altura y me dice que está ya en casa, que le han traído en una ambulancia esta misma mañana, pero en seguida remonta y vuelve a su posición tras Cachula en segundo o tercer lugar. Lupas es el más rápido de todos nosotros. Es tan rápido que ni siquiera tiene que molestarse en demostrarlo. Su padre también era muy rápido. De joven llegó a ser campeón provincial de 400 metros vallas. Últimamente ha estado en el hospital por una úlcera, pero el otro día oí como mamá le decía a papá en la cocina que dos meses son demasiado tiempo para una simple úlcera por mucho que se infecten los puntos.
Al llegar a la carretera, Cachula frena de golpe y cada quien choca contra el que va delante. Lo llamamos hacer el acordeón. Es divertido, aunque la carretera está ya ahí y es muy peligrosa. Hay siempre un ir y venir de coches que no termina. Entre los coches me siento tan poca cosa como esa mosca que vuela sobre una charca llena de ranas en un juego que me regalaron por mi cumple —yo me pedí el Larousse—. La única diferencia entre nosotros es que la mosca tiene tres vidas y yo sólo tengo una. Por eso me gusta que me protejan. Mamá siempre se lo dice a papá. Horacio, le dice, este niño es muy maduro para su edad pero todavía tenemos que estar pendientes de él. Ella siempre lo está de Gaspar y de mí. Si me volviera un momento la vería asomada a la ventana sobre un volador azul del que cuelga ropa que gotea, puede que con Gaspar a su lado subido en una banqueta y berreando porque me he ido sin él. Pero ahora no hay tiempo de mirar atrás: Detrás del Simca rojo no viene ninguno.
—¡Ahora! —chilla Cachula— ¡Todos a la vez!
No le ha elegido nadie jefe, pero como es el mayor ha terminado por serlo. David, su hermano, dibuja muy bien: clava las láminas de Freixas y al botones Sacarino. Es un artista. Y todo el mundo sabe que los artistas no son buenos jefes, que son unos lilas. En favor de Abel y Berna sólo puedo decir que están, que vienen y van como los coches, bueno, y que son muy educados y obedientes y van siempre vestidos idénticos con esos pantalones de tergal azul marino y esos chalecos de pico tan ñoños. En resumidas cuentas, que parecen miniaturas del cobrador del Ocaso. Finalmente, Lupas es muy rápido, demasiado. Es tan rápido que dejaría a su ejército atrás. Además es un tapón y lleva gafas de culo de vaso, lo mismo que su padre, el de la úlcera. Y yo… entre los kilos de más y esa manía mía de buscarlo todo en el diccionario… Pues eso.
Conmigo en último lugar, pasamos de largo La Taba. Es una barriada de casas baratas con patios donde solemos venir a jugar al balón. El suelo es de cemento y las porterías están pintadas con tiza en las paredes, pero es mejor que el barrio, allí tenemos que parar cada dos por tres porque no hacen más que pasar coches y hay otros muchos aparcados. A veces el balón se queda atascado debajo de uno y tienes que tumbarte en la carretera y meter una pierna para sacarlo a patadas. Por eso casi todos los balones están ahuevados.
El Terror del Caribe queda muy cerca de La Taba. Sólo hay que bajar una cuesta y ya está. Es una plazoleta que tiene un bar en medio, La Rueda. El bar ocupa la mayor parte de una casa baja pintada de blanco, y delante hay una rueda de carro colocada encima de una piedra. Alrededor no hay ninguna otra casa, sólo una barandilla de hormigón que da a un terraplén donde la gente echa basura. La llamamos el Terror del Caribe porque la plazoleta parece un barco con su cabina, su timón y su borda. Por eso, por las chimeneas de fábrica que parecen faros a lo lejos y por ese mar lleno de tesoros que es el terraplén. Allí abajo pueden encontrarse neumáticos, cuero para los tirachinas, palos de todos los tamaños, chapas y dinero. Sí, dinero. Monedas que se cuelan en la basura de La Rueda cuando barren y que nosotros rebuscamos entre cabezas de gambas, palillos, serrín y servilletas sucias de papel. A no ser que se adelante la banda del Piojo, pero hoy no parece que vaya a ser así porque ya casi estamos abajo y no se oye chillar a esos mongolos.
Mientras cojo aire y me ato bien el jersey a la cintura los muchachos se van descolgando uno tras otro por el terraplén: Primero Cachula, con esa agilidad suya de chimpancé —y no me estoy refiriendo otra vez a sus orejas—, luego Lupas y por este orden David, Abel y Berna. Yo soy siempre el último y por eso estoy acostumbrado a que Cachula me incordie:
—¿A qué estás esperando, gorda?
—Ya voy joer… orejón de mierda —lo de orejón de mierda sólo es un murmullo, poco más que un pensamiento.
Paso una pierna por encima de la barandilla, después la otra, me doy la vuelta con mucho trabajo y me quedo colgado de las manos esperando ayuda. Mi bajada es parecida a un baile y necesita de toda la panda. Me agarran de las piernas y, muy despacio, como si se tratara de una vedete, me bajan hasta el mismo suelo. Para subir lo tengo mucho más fácil porque en el terraplén siempre hay ruedas o cajas de fruta sobre las que auparse.
La montaña de basura de La Rueda está todavía sin tocar. Cogemos un palo cada uno y nos colocamos alrededor haciendo un círculo. Huele a podrido, pero ser pobre —y no tener dinero para jugar al futbolín es ser pobre— apesta mucho más. Las reglas son las de siempre: las que diga Cachula.
—Uno: Nada de empujones, collejas, capones, zancadillas o mordiscos. Dos: Las monedas no son del primero que las ve. Tres: Son del que las coge. A la de una, a la de dos y a la de…
Empieza el ajetreo de palos. Es como si estuviéramos jugando un partido de hockey sin pelota en una baldosa. Las chapas de los quintos de cerveza son doradas y fáciles de confundir con una pela, por eso nos agachamos muchas veces en balde. En cambio con el brillo plateado de los duros no hay equivocación. Vamos todos a por uno que en un pispás queda tapado por una columna de manos. La de abajo es la que vale, la de Lupas, que sopla la porquería y se lo mete en un bolsillo delantero del pantalón. No parece que vaya a ser una tarde de la leche. A estas alturas otras tardes ya llevamos encontradas diez o doce pelas, pero seguimos removiendo. Entre unos güitos de aceituna veo una. Me agacho, pero cuando voy a cogerla Lupas la tiene encerrada ya en un puño. Es demasiado rápido para mí. Además tiene cuatro ojos y es enano. Está tan cerca del suelo que no tiene ni que agacharse. Lo tiene a huevo. Tan a huevo que el muy mamón acaba de enganchar como un relámpago una moneda de cinco duros de debajo de un montón de chapas. Al verlo, Cachula hinca con rabia su palo en la basura, que ya no se parece nada a una montaña:
—¡Cago en la mar!, –se desgañita- ¡qué mala suerte!
Berna y Abel se retiran en ese mismo momento. Yo creo que no les interesa la pasta si no es para llenar los cerditos. No les dejan echar a las maquinitas ni comer chucherías y sólo pueden comprarse tebeos cuando están malos. Si bajan a la calle es sólo para que no estorben a su madre en las reuniones de Jeová que organiza en casa, por lo menos eso dice mamá. David hace ya tiempo que se retiró y mata el rato dibujando con su palo el careto del botones Sacarino sobre un poco de arena. Los tres deciden poco después irse a ver nosequé en la tele. Cachula, Lupas y yo seguimos revolviendo la basura hasta que se nos echa encima la hora de volver a casa.
No hacemos más que llegar al portal cuando se bajan de dos taxis algunos hombres y mujeres vestidos de negro. Entre ellas reconozco a la abuela paterna de Lupas. Lupas sale corriendo a su encuentro. La abuela se agacha, lo recibe con los brazos abiertos y le dice algo al oído. Luego empiezan los dos a llorar, y Lupas aprieta la frente contra la tripa de la mujer. Se queda así mucho rato, como si quisiera pasar a través de ella, mientras el resto de hombres y mujeres de negro se abrazan entre ellos y le pasan de vez en cuando una mano por el pelo. Cachula me cuenta al oído que son también familia de Lupas, cree que tíos, y me clava un codo en un costado para que subamos. Después se pone de puntillas —vive en el quinto— y pulsa el timbre de su casa en el portero automático. Tiene mucho interés en que nos larguemos cuanto antes.
—Hasta mañana, Fer —me dice en el rellano.
Se esfuma escaleras arriba y sigo pensando en que me ha llamado Fer mientras toco a mi puerta. Gaspar me abre en seguida. Lleva los morros manchados de chocolate. Hace poco que llega al pasador y desde entonces siempre abre él la puerta. Es oír el timbre y salir disparado hacia el pasillo. En cuanto entro se me agarra a la pierna izquierda como una garrapata. Intento soltarlo, pero como no se deja y no quiero hacerle daño, termino arrastrándolo conmigo hasta el cuarto de papá y mamá. Ella me pregunta desde la cocina que tal está el pobre Lupas, aunque ella le llama Josemi. Le contesto que está abajo con su abuela y con sus tíos mientras abro la puerta del cuarto. Una vez dentro, subo a la gigantona a Gaspar para que me alcance el Iter de encima del armario. Sé que mamá lo esconde ahí arriba. Luego dejo a Gaspar otra vez en el suelo y busco en la eme muerte hasta que la encuentro. Entonces leo la definición en voz alta. La leo varias veces mientras Gaspar se tapa y destapa la cara con mi jersey de rombos y se troncha. La leo despacio, palabra por palabra, pero no dice gran cosa.

23 de julio de 2007

LIBERTAD DE EXPRESIÓN SECUESTRADA

Pulsa en el título para ir a la revista

¿ 20 de Julio de 2007?

Escribimos esta nota el viernes, 20 de Julio de 2007, a las 19h. Tenemos la redacción llena de medios de comunicación que nos preguntan el por qué del secuestro de la revista. No sabemos qué responderles. El Jueves ha publicado decenas, cientos de dibujos sobre la familia real ( y sobre políticos, famosos, la ETA y todo lo que se mueve). Incluso hemos publicado un libro, TOCANDO LOS BORBONES, un tomazo de 350 páginas que recopilaba los dibujos más divertidos.

Somos humoristas gráficos y trabajamos conscientes de que nuestra obligación, lo que nos piden los lectores, es que exploremos el límite de la libertad de expresión. Podemos aceptar que, incluso, en alguna ocasión, lo podamos traspasar . Gajes del oficio. Si nos pasamos para eso están los tribunales pero...¿un secuestro? ¿ la policía recorriendo los quioscos de todo el país retirando nuestra revista? ¿ De verdad escribimos esto el 20 de Julio del 2007?