25 de julio de 2007

EL TERROR DEL CARIBE (como es verano, toca reposición)

Justo cuando descubrí las respuestas,
cambiaron todas las preguntas
(Placa en un café de la ciudad de Ger)


—Fernando, son tus amigos —dice mi madre desde el otro lado de la puerta del baño—¿Qué les digo?
—Diles que ahora voy, mamá, que me esperen abajo.
Cuando me siento en el váter con el Iter Sopena abierto sobre las rodillas aparecen como por arte de magia: Abel, Berna, Cachula, David y Lupas viven en mi portal, en una casa de cinco plantas con la fachada de ladrillo rojo. Lupas es hijo único y por eso no tiene que compartir sus coches con nadie. Abel y Berna son hermanos, igual que Cachula y David. Yo también tengo un hermano, Gaspar, pero todavía es muy pequeño. Se le caen los mocos y no sabe pronunciar la erre. En vez de perro dice pero.
—Quieren saber si vas a tardar mucho.
—En cuanto me limpie, bajo, pero eso no se lo digas. Ni les digas que estoy indispuesto o que entré en el servicio con el diccionario, que luego hay pitorreo. Tú diles sólo que no. Mejor, no les digas nada: Ya voy.
Tiro de la cadena, descorro el pestillo y abro la puerta. Mamá me espera en el pasillo con un jersey de rombos sujeto bajo un brazo. Con el otro me quita el Iter de entre las manos. No le gusta que me pase el día leyéndolo. Eso no puede ser sano, suele decir. Suele decir muchas otras cosas: que si sigo comiendo tantos dulces se me van a juntar las mantecas, que no se me ocurra volver a secarme las manos con las cortinas y que a veces no valgo ni los dolores que le costó parirme. Hay días en que no para de reñirme. Papá dice que parece que haya comido lengua de sapo y me guiña después un ojo sin que ella le vea.

—Y Gaspar… ¿no vas a llevarle contigo?
—No, tenemos que cruzar la carretera.
—Date prisa entonces, que ahora está entretenido mirando los dibujos. Espera, llévate el jersey por si refresca. Átatelo a la cintura.
—Pero si estamos en julio…
—Qué julio ni julio. No seas protestón. Obedece.
—Mamá…
—¿Qué?
—¿Me das algo para el futbolín?
—Ni lo sueñes.
Bajo aprisa las escaleras resbalando una mano por la barandilla, pero me cierra el paso un lapo amarillo que consigo esquivar de pura chiripa. La babosa de Cachula. Ha sido él. Estoy seguro. Es el único que sabe sacarse los escupitajos de los bronquios. Hace un ruido muy raro, como de viejo, y luego le sale todo eso por la boca. Sigo bajando. Derrapo al pisar el rellano. Como el último tramo de escaleras es muy corto lo salto con los pies juntos. Están sentados los cinco y ocupan todo el escalón de entrada al portal. Aunque miren hacia otra parte saben que estoy detrás. Mi intención es abrir la puerta de golpe y saltar por encima de sus cabezas, pero en cuanto oyen el muelle salen pitando los muy gallinas. Menos Cachula. El casi ni se mueve. Da un solo paso y se sienta en el capó de un 850 gris que está aparcado enfrente.
—Gordo, mueve el culo —me chilla—. Se nos hace tarde.
No siempre me dice gordo. A veces me llama gorda o To, por tocino, o simplemente Fer, cuando pregunta a mamá por mí o necesita que le eche una mano con los dictados. Es un año mayor que yo y feo y flaco como un zombi. Tiene los ojos de un azul simplón, saltones, muy salidos, como si se los hubieran sacado aposta dándole martillazos en la nuca, y unos orejones colorados que recuerdan a las puertas abiertas de un 124. Es también un tío con agallas y al decir esto no estoy hablando otra vez de sus orejas. En los lavabos del cole, antes de un examen de mates, se da puñetazos en la nariz hasta que le sale sangre para que lo manden de vuelta a casa. Yo lo he visto con estos ojitos. A veces sangra tanto que su cara parece una bandera de Japón. Está claro que no es ninguna lumbrera —creo que se dice así—. Necesitaría toda la Edad Media para hacer una suma de quebrados. Pero cuando me mira con esas canicas azules, como está haciendo en este momento, me pone muy nervioso. Casi me da miedo.
—¿A qué vienen tantas prisas? —le pregunto.
—Hemos quedado en ir al Terror del Caribe y como no salgamos ya, se nos va a adelantar la banda del Piojo —aclara. La verdad, no sé por qué casi me da miedo. Tampoco es para tanto. Le está saliendo una nube de pelusa encima del labio y si no llevara puestos esos pantalones cortos recordaría a Pierre Nodoyuna, aunque no podría ponerse el casco… Las orejas no le cabrían dentro.
Echamos a correr por la acera. Como soy muy lento me cuesta mucho seguir la marcha de los demás. Además a cada poco el dichoso jersey se me suelta y a la vez que corro tengo que atarme las mangas a la cintura. Es un fastidio. Para no quedarme atrás tan pronto pregunto a Lupas por su padre. Se pone a mi altura y me dice que está ya en casa, que le han traído en una ambulancia esta misma mañana, pero en seguida remonta y vuelve a su posición tras Cachula en segundo o tercer lugar. Lupas es el más rápido de todos nosotros. Es tan rápido que ni siquiera tiene que molestarse en demostrarlo. Su padre también era muy rápido. De joven llegó a ser campeón provincial de 400 metros vallas. Últimamente ha estado en el hospital por una úlcera, pero el otro día oí como mamá le decía a papá en la cocina que dos meses son demasiado tiempo para una simple úlcera por mucho que se infecten los puntos.
Al llegar a la carretera, Cachula frena de golpe y cada quien choca contra el que va delante. Lo llamamos hacer el acordeón. Es divertido, aunque la carretera está ya ahí y es muy peligrosa. Hay siempre un ir y venir de coches que no termina. Entre los coches me siento tan poca cosa como esa mosca que vuela sobre una charca llena de ranas en un juego que me regalaron por mi cumple —yo me pedí el Larousse—. La única diferencia entre nosotros es que la mosca tiene tres vidas y yo sólo tengo una. Por eso me gusta que me protejan. Mamá siempre se lo dice a papá. Horacio, le dice, este niño es muy maduro para su edad pero todavía tenemos que estar pendientes de él. Ella siempre lo está de Gaspar y de mí. Si me volviera un momento la vería asomada a la ventana sobre un volador azul del que cuelga ropa que gotea, puede que con Gaspar a su lado subido en una banqueta y berreando porque me he ido sin él. Pero ahora no hay tiempo de mirar atrás: Detrás del Simca rojo no viene ninguno.
—¡Ahora! —chilla Cachula— ¡Todos a la vez!
No le ha elegido nadie jefe, pero como es el mayor ha terminado por serlo. David, su hermano, dibuja muy bien: clava las láminas de Freixas y al botones Sacarino. Es un artista. Y todo el mundo sabe que los artistas no son buenos jefes, que son unos lilas. En favor de Abel y Berna sólo puedo decir que están, que vienen y van como los coches, bueno, y que son muy educados y obedientes y van siempre vestidos idénticos con esos pantalones de tergal azul marino y esos chalecos de pico tan ñoños. En resumidas cuentas, que parecen miniaturas del cobrador del Ocaso. Finalmente, Lupas es muy rápido, demasiado. Es tan rápido que dejaría a su ejército atrás. Además es un tapón y lleva gafas de culo de vaso, lo mismo que su padre, el de la úlcera. Y yo… entre los kilos de más y esa manía mía de buscarlo todo en el diccionario… Pues eso.
Conmigo en último lugar, pasamos de largo La Taba. Es una barriada de casas baratas con patios donde solemos venir a jugar al balón. El suelo es de cemento y las porterías están pintadas con tiza en las paredes, pero es mejor que el barrio, allí tenemos que parar cada dos por tres porque no hacen más que pasar coches y hay otros muchos aparcados. A veces el balón se queda atascado debajo de uno y tienes que tumbarte en la carretera y meter una pierna para sacarlo a patadas. Por eso casi todos los balones están ahuevados.
El Terror del Caribe queda muy cerca de La Taba. Sólo hay que bajar una cuesta y ya está. Es una plazoleta que tiene un bar en medio, La Rueda. El bar ocupa la mayor parte de una casa baja pintada de blanco, y delante hay una rueda de carro colocada encima de una piedra. Alrededor no hay ninguna otra casa, sólo una barandilla de hormigón que da a un terraplén donde la gente echa basura. La llamamos el Terror del Caribe porque la plazoleta parece un barco con su cabina, su timón y su borda. Por eso, por las chimeneas de fábrica que parecen faros a lo lejos y por ese mar lleno de tesoros que es el terraplén. Allí abajo pueden encontrarse neumáticos, cuero para los tirachinas, palos de todos los tamaños, chapas y dinero. Sí, dinero. Monedas que se cuelan en la basura de La Rueda cuando barren y que nosotros rebuscamos entre cabezas de gambas, palillos, serrín y servilletas sucias de papel. A no ser que se adelante la banda del Piojo, pero hoy no parece que vaya a ser así porque ya casi estamos abajo y no se oye chillar a esos mongolos.
Mientras cojo aire y me ato bien el jersey a la cintura los muchachos se van descolgando uno tras otro por el terraplén: Primero Cachula, con esa agilidad suya de chimpancé —y no me estoy refiriendo otra vez a sus orejas—, luego Lupas y por este orden David, Abel y Berna. Yo soy siempre el último y por eso estoy acostumbrado a que Cachula me incordie:
—¿A qué estás esperando, gorda?
—Ya voy joer… orejón de mierda —lo de orejón de mierda sólo es un murmullo, poco más que un pensamiento.
Paso una pierna por encima de la barandilla, después la otra, me doy la vuelta con mucho trabajo y me quedo colgado de las manos esperando ayuda. Mi bajada es parecida a un baile y necesita de toda la panda. Me agarran de las piernas y, muy despacio, como si se tratara de una vedete, me bajan hasta el mismo suelo. Para subir lo tengo mucho más fácil porque en el terraplén siempre hay ruedas o cajas de fruta sobre las que auparse.
La montaña de basura de La Rueda está todavía sin tocar. Cogemos un palo cada uno y nos colocamos alrededor haciendo un círculo. Huele a podrido, pero ser pobre —y no tener dinero para jugar al futbolín es ser pobre— apesta mucho más. Las reglas son las de siempre: las que diga Cachula.
—Uno: Nada de empujones, collejas, capones, zancadillas o mordiscos. Dos: Las monedas no son del primero que las ve. Tres: Son del que las coge. A la de una, a la de dos y a la de…
Empieza el ajetreo de palos. Es como si estuviéramos jugando un partido de hockey sin pelota en una baldosa. Las chapas de los quintos de cerveza son doradas y fáciles de confundir con una pela, por eso nos agachamos muchas veces en balde. En cambio con el brillo plateado de los duros no hay equivocación. Vamos todos a por uno que en un pispás queda tapado por una columna de manos. La de abajo es la que vale, la de Lupas, que sopla la porquería y se lo mete en un bolsillo delantero del pantalón. No parece que vaya a ser una tarde de la leche. A estas alturas otras tardes ya llevamos encontradas diez o doce pelas, pero seguimos removiendo. Entre unos güitos de aceituna veo una. Me agacho, pero cuando voy a cogerla Lupas la tiene encerrada ya en un puño. Es demasiado rápido para mí. Además tiene cuatro ojos y es enano. Está tan cerca del suelo que no tiene ni que agacharse. Lo tiene a huevo. Tan a huevo que el muy mamón acaba de enganchar como un relámpago una moneda de cinco duros de debajo de un montón de chapas. Al verlo, Cachula hinca con rabia su palo en la basura, que ya no se parece nada a una montaña:
—¡Cago en la mar!, –se desgañita- ¡qué mala suerte!
Berna y Abel se retiran en ese mismo momento. Yo creo que no les interesa la pasta si no es para llenar los cerditos. No les dejan echar a las maquinitas ni comer chucherías y sólo pueden comprarse tebeos cuando están malos. Si bajan a la calle es sólo para que no estorben a su madre en las reuniones de Jeová que organiza en casa, por lo menos eso dice mamá. David hace ya tiempo que se retiró y mata el rato dibujando con su palo el careto del botones Sacarino sobre un poco de arena. Los tres deciden poco después irse a ver nosequé en la tele. Cachula, Lupas y yo seguimos revolviendo la basura hasta que se nos echa encima la hora de volver a casa.
No hacemos más que llegar al portal cuando se bajan de dos taxis algunos hombres y mujeres vestidos de negro. Entre ellas reconozco a la abuela paterna de Lupas. Lupas sale corriendo a su encuentro. La abuela se agacha, lo recibe con los brazos abiertos y le dice algo al oído. Luego empiezan los dos a llorar, y Lupas aprieta la frente contra la tripa de la mujer. Se queda así mucho rato, como si quisiera pasar a través de ella, mientras el resto de hombres y mujeres de negro se abrazan entre ellos y le pasan de vez en cuando una mano por el pelo. Cachula me cuenta al oído que son también familia de Lupas, cree que tíos, y me clava un codo en un costado para que subamos. Después se pone de puntillas —vive en el quinto— y pulsa el timbre de su casa en el portero automático. Tiene mucho interés en que nos larguemos cuanto antes.
—Hasta mañana, Fer —me dice en el rellano.
Se esfuma escaleras arriba y sigo pensando en que me ha llamado Fer mientras toco a mi puerta. Gaspar me abre en seguida. Lleva los morros manchados de chocolate. Hace poco que llega al pasador y desde entonces siempre abre él la puerta. Es oír el timbre y salir disparado hacia el pasillo. En cuanto entro se me agarra a la pierna izquierda como una garrapata. Intento soltarlo, pero como no se deja y no quiero hacerle daño, termino arrastrándolo conmigo hasta el cuarto de papá y mamá. Ella me pregunta desde la cocina que tal está el pobre Lupas, aunque ella le llama Josemi. Le contesto que está abajo con su abuela y con sus tíos mientras abro la puerta del cuarto. Una vez dentro, subo a la gigantona a Gaspar para que me alcance el Iter de encima del armario. Sé que mamá lo esconde ahí arriba. Luego dejo a Gaspar otra vez en el suelo y busco en la eme muerte hasta que la encuentro. Entonces leo la definición en voz alta. La leo varias veces mientras Gaspar se tapa y destapa la cara con mi jersey de rombos y se troncha. La leo despacio, palabra por palabra, pero no dice gran cosa.

4 comentarios:

Marsu dijo...

Aishh...qué penina, me ha pillado flojucha.

nacho dijo...

Primera visita a tu interesante blog... llegué por un link al post Narrativas de otoño, donde aparece un cuento mío "A la espera de ..."

Regreso luego... saludos desde Hermosillo...
nacho mondaca

Raquel dijo...

A ver si nos actualizamos un poco :-), desde el 25 de julio ni reposición ni nada de nada...

Un abrazo,
Raquel

Miguel Ángel Muñoz dijo...

El Iter Sopena, los futbolines, tiempos...
Se espera tu vuelta